Sombras de una verdad
Desde que Alexia se instaló en
el departamento de Dorian, todas las mañanas sin excepción intenta prepararle
el desayuno en forma de agradecimiento antes de irse, y todas las noches que el
médico llega tarde del hospital, se desvela esperándole. Muchos de los
residentes del edificio que conocían a Alexia y Dorian creían que ellos eran
novios; mas Alexia sólo lo veía como la persona que le ha facilitado toda la
ayuda que ella necesita.
Como todos los martes temprano
en la mañana, desde que Alexia recibió el alta de Bellevue Hospital Center, debía
encaminarse a sus rigurosas terapias. Siempre iba con Dorian, pero esa vez tuvo
que ir sola, ya que en el hospital hubo una emergencia y Dorian fue llamado con
suma urgencia. El señor Nolan pidió un permiso al jefe de personal para
acompañar a Alexia a su cita, pero no se lo concedió. A ella no le quedó más
que ir completamente sola. Ya conocía el camino a Mount Sinai Hospital –lugar
donde la trasladaron–, pero no sabía si en el trayecto su mente la envolvería
nuevamente en un mundo lleno de incomprensibles recuerdos de una vida pasada
que suponía no era suya. Se preguntaba antes de salir del edificio qué tal si
uno de sus recuerdos la llevaba a tener un nuevo accidente.
–– ¿Está lista, señorita McFly?
–El señor Nolan se veía preocupado, también se preguntaba por las consecuencia
que traería aquella salida. Antes de que Alexia pusiera siquiera un pie en la
acera, recibió una llamada de Dorian; llamaba para preguntar si ya iba de
salida.
Su rostro era un trasparente
cristal lleno de los más dulces y sinceros sentimientos que existen en el
interior de una mujer. Era inevitable notar el natural rubor rosa en las mejillas
de Alexia, en todo su cuerpo sentía la calidez que aquel sentimiento le
conllevaba recordar el rostro de su benefactor. Le respondió sin premura que se
dirigía a su cita en Mount Sinai, y para no preocuparlo le indicó que iba
acompañada de Nolan, a pesar de que fuera falso. El portero sólo la miró con
los ojos de un padre que no puede reprender a su adorada hija.
Antes que Alexia partiera en el
taxi rumbo a su periódica terapia, Nolan le dio la bendición y le rogó que
tuviese consideración con su propio cuerpo para no sobre esforzarse. Alexia
estaba consciente que una vez que el vehículo arrancara debía estar concentrada
en mirar solamente lo necesario al exterior. Ya había pasado un mes desde que
Alexia tuvo su primera regresión espontánea en frente de aquella tienda de ropa
formal. Después de aquel suceso, tuvo una regresión en el mismo departamento,
pero viendo la televisión: Alexia se vio a si misma de unos 7 años disfrutando
de una película, la misma que estaba viendo en el presente. Pero lo que marcó
la tétrica escena fue el cobarde acto de un hombre golpeando a una mujer, quien
creía podía ser su madre. La Alexia de 7 años intentaba no desconcentrarse
viendo la televisión con los golpes que recibía su madre y los gritos que estos
provocaban. Se veía aterrada, aturdida, como si estuviera reprimiendo todo
sentimiento que hiciera notar su propia existencia. Pero eso no pudo evitar que
aquel hombre también la agrediera con la misma correa con la que golpeaba a su
madre.
« –– Eres igual a tu madre, ¡una
malagradecida! –exclamó aquel hombre. »
Los gritos de Alexia perturbaron
profundamente a Dorian –quien acababa de llegar al departamento–; lo que veía
en el suelo de su sala de estar era escalofriante: el cuerpo de Alexia retorciéndose
del dolor provocado por una especie de tortura, un dolor pasado indescriptible.
Dejó todas sus cosas botadas sobre el suelo y rápidamente socorrió a su
huésped. Intentó despertarla de su sufrimiento gritándole, abrazándola con
todas sus fuerzas para hacerle saber que él estaba ahí, que no estaba sola en
sus recuerdos. Instintivamente, Alexia lo empujó lejos con toda la fuerza que
en la realidad no tenía; aún estaba en medio de sus recuerdos. Dorian no
comprendía que tipo de recuerdo estaba alojado en la memoria de Alexia para
reaccionar de esa forma, que situación estaba recordando para alejarlo como si
la estuvieran atacando. En ese momento, Dorian interpretó aquel acto como la
respuesta a un abuso sexual.
El médico fue rápidamente al
baño, y con un bote lleno de agua mojó a Alexia, dejando caer toda el agua
sobre su cabeza. El intento era extremo, pero Dorian creía que era lo único que
podía hacer para ayudarla a despertar de esa pesadilla. Sobre el sofá de la
sala, Dorian siempre dejaba una manta para que Alexia se cubriera si él llegaba
tarde del trabajo. Con ella la cubrió y la abrazó fuertemente para transferirle
el calor de su cuerpo; era probable que ella entrara en pánico por el brusco
cambio de temperatura en medio de una regresión. No obstante, no pasó nada
grave, a consideración de su médico Alexia había reaccionado dentro de lo
normal al cambio, pero que necesitaba una revisión médica en un hospital. No
pudo llevarla a su lugar de trabajo, ya que Schwartz le advirtió que el consejo
no quería tener nada que ver con la señorita Alexia McFly.
–– Dorian, eres uno en un
millón. –Alexia le besó la mejilla y le sonrió gentilmente. Para ella aquel
acto era una de las formas más representativas de agradecimiento, pero para
Dorian sólo era el beso de una mujer a un hombre. Para él era raro pensar en
ese tipo de cosas en aquella situación, ya que Alexia no era una mujer común y
corriente, su pasado ocultaba algo realmente intrigante.
En el presente. En la oficina de
Dorian, el papeleo de muchos pacientes se hacía presente y para el médico era
difícil de controlar. Su secretaría había pedido el día libre y el reemplazo
que había pedido recursos humanos aún no había llegado; para Dorian realmente era
un fastidio. Y sin siquiera habérsele pasado por la mente, su oficina, además
de estar llena de archivos que controlaba su secretaria, fue irrumpida por Schwartz,
quien se aparecía con la intención de informar a Dorian sobre una investigación
que había hecho sobre Alexia. El Dr. Harris quedó totalmente sorprendido, hasta
ese momento por su cabeza no había pasado la duda de la ausencia de agentes
policiales preguntando por el accidente que había sufrido Alexia, si fue intencional
o un simple siniestro.
El director del hospital tenía
cierta libertad al interior de éste y a veces se tomaba atribuciones por sí
mismo. Esa vez no fue la excepción. Al interior de la oficina de Dorian había
un sofá junto a la ventana, y Schwartz sin el consentimiento de éste se sentó
cómodamente sobre él. Las palabras que el director juntaba para expresarse para
Dorian eran incomprensibles.
–– Lo que intento decir, Dorian
–se expresó Schwartz– es que la chica que llegó aquí con esas graves quemaduras
y fracturas, no tiene un pasado limpio.
Para el hospital no era
conveniente estar comprometido con la policía, y mucho menos con el FBI. La
junta médica le advirtió a Schwartz que si el hospital era ojo de
investigaciones del FBI por ocultar la existencia de la chica que estuvo
involucrada en la tragedia, él sería el único perjudicado. Sería despedido del
hospital, pese a sus reconocidas investigaciones científicas en el ámbito
medicinal, y perdería su licencia médica sin opción a recuperarla. La advertencia
era considerablemente exagerada, pero Schwartz conocía a sus superiores y sabía
que harían lo que fuera para que el nombre del hospital siguiera en lo alto.
Cerrado y sellado por un timbre
especial, Schwartz le entregó un sobre que le fue dado por un colega que trabajaba
para el FBI. La única forma que el médico encontró para zafarse del lío en que
su curiosidad lo había metido era investigar a fondo el caso, acudiendo
finalmente a un antiguo compañero de facultad. Cuando recibió el sobre por
correo no quiso abrirlo solo, y por tal razón acudió a su médico estrella. Cuando
Dorian abrió el sobre, vio que los papeles prolijamente escritos contenían
fotos e información y sobre una chica llamada «Alexia Lorette McFly», quien había
estado en protección a testigos durante más de 5 años. El FBI había borrado por
completo todo registro que estuviera envuelto con el nombre de Alexia, y la
identificación de la chica había sido cambiada por otra. Aquel nombre no
apareció por ninguna parte, le comunicó Schwartz. Al parecer, todo lo
relacionado con esa chica –incluso su nueva identificación– había sido
eliminado, como si ella nunca hubiera existido sobre la faz de la tierra. En
ese momento, para Dorian la pregunta más intrigante era quién se suponía que
era la chica que se llevó a su departamento si la mujer de las fotos era otra.
El Dr. Harris le preguntó a su
jefe si aquella información era fidedigna, porque no lo convencía que le fuera
entregada por un agente del FBI, quienes son sumamente cautelosos con la información
que adquieren de sus propias investigaciones.
–– No hubiera llegado a ti en
primer lugar si la información que te acabo de entregar no fue verídica,
Dorian. –Schwartz se veía muy preocupado por la situación que lo estaba
rodeando.
–– La verdad es, Schwartz, que
no puedo creer esto. De hecho, nunca se me pasó por la cabeza que estuviera
viviendo con una chica que tiene problemas con la policía, o con alguien más.
–– ¿«Viviendo» acabas de decir?
–interrogó el director.
No pensó en sus palabras. A Dorian
se le había olvidado que nadie en el hospital sabe que él se llevó a Alexia a
vivir con él, mientras busca un lugar para quedarse. Por su mente sólo pasaban
recuerdos de aquella chica sonriéndole gentilmente y sin preocupaciones, como
una niña de 12 años.
Por su lado, ya saliendo de su
terapia, Alexia se encaminó a tomar un taxi y regresar al departamento de
Dorian. No esperó mucho por uno, éste pasó en cuestión de segundos. Al parecer
para Alexia las cosas estaban resultando bien ese día, a pesar de no haber
comenzado muy bien: el médico le diagnosticó que en un par de semanas podría
dejar de usar las muletas y los parches de las quemaduras iban a ser inútiles
porque estas se estaban recuperando muy bien. La alegría que sintió ese día era
la alegría máxima: su recuperación total en cuanto a su cuerpo estaba acercándose
lentamente lo que le facilitaría encontrar trabajo y dejar de depender de
Dorian.
El Mount Sinai Hospital estaba
muy cerca del Parque Central y Alexia no se perdería la oportunidad de viajar por
su interior disfrutando de una hermosa vista de otoño. Además, de las veces que
fue acompañada por Dorian, ninguna fue en las cercanías del parque, ya que las llamadas
de urgencia de su trabajo se hacían presentes cada vez que le servía de
compañía. Y así, amablemente le pidió al conductor que viajara por las calles
interiores del parque. Pero pocos minutos después de que entrara en éste, el taxi
se descompuso. El conductor –un hombre de unos 30 años de complexión mexicana–
estaba totalmente apenado con su pasajera; desconocía que su vehículo pudiera
tener alguna complicación, ya que pocos días antes acababa de salir del taller
en perfecto estado. Con una brillante sonrisa, Alexia le agradeció al señor por
haberla llevado, y aunque no la llevó hasta el edificio le pagó el viaje completo.
Gracias a la alegría que sentía, aquella complicación no fue lo suficiente para
arruinarle el día a Alexia, y a pesar de que gastó todo lo que tenía en el taxi
no le disgustó la idea de caminar unas cuadras hasta el departamento.
Sin embargo, una persona puede
arruinar totalmente el día de otra con sólo aparecer y hacer una simple
pregunta. Alexia ya estaba llegando al final del parque, asomándose poco a poco
la calle y el conocido Columbus Circle, un lugar que le servía de referencia
para llegar al lugar que consideraba su casa. Mientras iba caminando por la acera,
Alexia se detuvo en seco. Retrocedió unos cuantos pasó y se quedó detenida mirando
la vitrina de una librería, observando detenidamente al ladrón de su mirada... Era
un libro, sin título, de tapa roja y un poco antigua. Algo tenía ese libro que
la hizo recordar otra escena de su vida pasada. Justo cuando se decidió a entra
a la librería y descubrir que misterio ocultaba, una sombra irrumpió en sus intenciones.
Un hombre alto y fornido, de contextura gruesa, corta cabellera rubia y rostro
algo tosco que usaba una oscura y sucia gabardina.
–– ¿Es usted Alexia McFLy? –le interrogó.
–– ¿Quién desea saberlo? –Alexia
se sentía intimidada, pero no iba a dejarse vencer por lo desconocido. El
hombre misterioso abrió cuidadosamente su gabardina y le mostró una brillante placa,
era sin duda un agente del FBI.
–– Soy el agente Richard Scofield del FBI, y queremos hacerle unas preguntas sobre el accidente que sufrió hace un poco más de 8 meses.

–– Soy el agente Richard Scofield del FBI, y queremos hacerle unas preguntas sobre el accidente que sufrió hace un poco más de 8 meses.

«Tu verdad es sólo la que tus ojos pueden ver y tus palabras interpretar. Lo demás es sólo otra mentira que juega a ser verdad.»
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