CAPÍTULO I
(« NARRACIÓN CHRISTOPHER »)
Los secretos que ocultamos, los
de nuestro pasado, nos persiguen hasta el confín de los días que nos quedan
sobre la tierra que pisamos. Hay secretos que se comparten y otros que no,
secretos que no podemos y no queremos decir porque podría arruinar lo que otros
han pensado de nosotros. Pero un secreto tan grande como el mío, que ni
siquiera es únicamente mío me persigue hasta lo que muchos conocen como el
presente.
Dentro de mi razón, la aparición
de un ente que en el pasado se cruzó en mi camino no cabía, para mí era sólo
una alucinación colectiva. Parpadeaba con gran rapidez para borrar lo que creía
que mi mente estaba imaginando, pero era inútil, verdaderamente era él, aquel
que corrompió mis pensamientos haciendo que dudara de mí mismo, de quien
realmente soy. No podía creer que todavía, después de tres años de no verle, su
presencia me siguiera atormentando. Muy poco tiempo tal vez, pero el suficiente
para olvidar a una persona que a mi parecer me hizo mal.
El profesor de nuestra clase lo
presentó ante el resto de mis compañeros, quienes lo miraban con gran extrañeza
o gran admiración. Las chicas de mi clase no se contienen cunado se expresar
sus sentimientos se trata, menos cuando es alguien que consideran guapo. Yo me
considero un chico guapo, pero creo que para ellas –por verme desde hace más de
dos años todos los días– ya no piensan lo mismo.
–– Jorquera, siéntate junto a Sandoval
–le indicó el profesor.
–– ¿Quién es Sandoval? –preguntó
el chico. El profesor estaba apuntando hacía un asiento, justo frente al mío. –
¿La chica delante del chico de pañoleta?
–– Exactamente ahí
.
.
Que podía esperar, el destino me
estaba tendiendo una trampa y no había nada para que yo pudiese evitarla. Al
parecer no tenía en consideración el sufrimiento que estaba sintiendo en ese
momento teniéndolo justo frente a mí. La clase avanzó como si nada, el tiempo
decidió tomar su propio curso como siempre. Aquel que tenía en frente no perdió
la oportunidad para verme, pero yo no estaba dispuesto a verificar si era él,
Dan Jorquera, aquel que fue mi amigo, a quien le di toda mi confianza, aquel
que sin pensarlo me convirtió en una aberración.
Sin duda, la escuela es un
período increíble, uno nunca sabe que le tendrá preparado el destino dentro de
ese edificio que se supone sirve para sólo estudiar. El año escolar estaba a la
mitad, recién estábamos llegando de nuestras vacaciones de invierno, por eso
toda mi clase miró a Dan con extrañeza. Comúnmente, es raro ver a un nuevo
compañero a mediados de año, ya que las razones más frecuentes para aquel
exagerado cambio son: un mal comportamiento en su anterior colegio o haber sido
víctima de bullying, y por como yo recuerdo al que fue mi compañero, amigo,
hermano, él nunca se dejaría llevar por los comentarios malintencionados que
tienen varios seres humanos para sentirse superiores al resto de la humanidad.
El día avanzó como siempre,
lento. A pesar que en la educación secundaria el tiempo se hace cada vez más
corto, cuando se llega recién de unas vacaciones el tiempo es eterno… por lo
menos para mí lo era. En la tarde, la gran mayoría de mi curso no quería hacer
Educación Física, ya que se había dicho en las noticias que haría mal clima ese
día. Por mi lado, con mis mejores amigos, Mauricio y Giselle, no nos importaba
mucho si se haría o no la clase ya que todos teníamos una justificación para no
ejercitarnos esa tarde: Mauricio había sufrido un accidente montando en
patineta, en el cual resulto con un esguince en la mano y pierna derecha; y
Giselle estaba eximida por una escoliosis. En cambio yo, tenía una licencia
falsa que me había hecho un amigo. Todo estaba a su perfección.
–– No creo que el profe se dé cuenta que la justificación es
falsa –me comentó Mau –como le decimos a Mauricio.
–– Yo creo que sí si lo sigues
publicando, así que cállate –le exhorté.
–– Chicos, mejor no digan nada
ambos porque ahí viene el profesor Carmona –nos sugirió Giselle a ambos. Una
vez que el profesor puso un pie en la sala, todos mis compañeros se dispusieron
a sentar en sus respectivos puestos. Para la mala suerte de todo el resto de mi
curso, el profesor si nos bajó para hacer educación física en el gimnasio. A
muchos se les había olvidado que el gimnasio techado ya había sido arreglado.
Cuando el profesor preguntó por aquellos que no podían participar de su clase,
nosotros tres y unos cuantos más nos acercamos a su escritorio y le entregamos
nuestras justificaciones. Te imaginarás que ocurrió.
–– Seguro yo nací ayer. Valenzuela,
¿crees que soy un idiota que no me doy cuenta que esto es falso?
–– Como cree eso profe, yo nunca he
pensado eso que dice –expliqué.
–– Entonces no te molestará que vea la
firma de tu mamá en una de tus comunicaciones.
Me había pillado totalmente, no
tenía donde escapar. Realmente a ese profesor no se le podía hacer el tonto tan
fácilmente. Como castigo a mi falsificación, me tomó como ayudante de su clase
por lo que quedaba de la semana. No creas que era un trabajo fácil, ya que
implicaba cargar todos los implementos de educación física sin ayuda y ayudarlo
en sus ejercicios, un trabajo duro para quien es un holgazán empedernido,
además de un gamer muy obstinado.
Aquel jueves, fue realmente
insoportable hasta el final, con todo lo que sucedió esa mañana y el resto del
día, estaba realmente fatigado, y esperaba que pudiera suceder cualquier cosa.
Mientras descansábamos de un ejercicio, me acerqué a los chicos para que
sostuvieran mi chaqueta y poder seguir ejercitándome cómodamente, pero de un
momento a otro mi pensamiento cambió. Giselle me preguntó si Dan se me había
acercado mientras ellos no estaban, a lo que respondí que no, pero me dejó con
la duda si él realmente se me acercaría en algún momento. En todo mi cuerpo
comencé a sentir escalofríos y mi frente tenía sudor frío, era frustrante pensar
que algo pudiera pasar, realmente esperaba que él se me acercaría
sorpresivamente.
Mis pensamientos y comentarios
hacia mí mismo no fueron poco asertivos. Cuando se termina la clase de Ed.
Física, las duchas están a nuestra disposición para asearnos, pero el último en
salir tiene que apagar el calefón y cerrar la puerta de los camerinos. Para mi
mala suerte, yo era siempre el último en salir –me tomaba mi tiempo en ducharme
y arreglarme– y Dan se me podría acercar de la nada y aprovechar la ausencia de
nuestros compañeros para hacer algo. Estaba aterrado, y no porque fuera
cobarde, sino porque conocía muy bien a ese tipo para imaginarme –gracias a mi
mente retorcida por su culpa– que estaría pasando por su cabeza.
Acababa de salir de la ducha
cuando él repentinamente entró a las duchas. Dado a que era su primer día y no
tenía el horario de nuestras clases, no participó de la clase y sólo se quedó a
mirar. Dan estaba acompañado. El profesor estaba ocupado entrenando a mi curso
para explicarle algunas cosas a Dan, así que aprovechó a que la clase terminara
y lo llevó a los camerinos.
–– Ahí están las duchas, por ese
sector el calefón –explicaba el profesor a Dan. – Si tienes alguna duda se la
puedes preguntar a Valenzuela, –refiriéndose a mí– él conoce todo lo que se
debe hacer cuando se quedan al último en las duchas. Estaba totalmente perdido.
Cuando el profesor se fue nos dejó completamente solos en el lugar, y procedió
a atacar.
–– Cuanto tiempo, ¿no crees? –comentó
Dan.
–– Eres un bastardo, ¿qué
diablos haces aquí? –exhorté.
–– No lo sé, dime tú –Dan sonrió
burlesco. Estaba totalmente dispuesto a traer el pasado hacia el presente.
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