Un Pasado Sin Nombre
(Narración: Autor)
Ya habían pasado varias semanas
desde que el Dr. Harris fue a visitar a Alexia a su habitación de hospital y le
regalara la cajita musical. Esa cajita la escuchaba todas las mañanas al despertar
y todas las noches antes de dormir sin excepción desde aquel día. Hasta que una
mañana lluviosa le dieron de alta.
El día anterior a la salida, una
enfermera le informó a Alexia que debía dejar el hospital por órdenes del
director, Dr. Tyrone Schwartz. El motivo que le dieron fue que ya no iban a
seguir subsidiando sus gastos, que debía seguir por cuenta propia pagando en
cuotas. Alexia no sabía que pensar, que hacer después de escuchar aquellas
palabras. «¿Por qué estaban pagando mis gastos sin mi consentimiento?, ¿por qué
no me enviaron, desde un principio, a un hospital público?», se
preguntaba. Al parecer nadie quería responder
sus preguntas, sólo deshacerse de ella para seguir recibiendo dinero de quienes
si pueden pagar un hospital privado.
A Alexia no le quedaba más que
acatar las órdenes que estaba recibiendo del hospital donde estaba internada e
irse lo más pronto posible para –según el director– no «seguir molestando». A
pesar de ello, no se iría antes sin despedirse del joven médico que la atendió
sin reproche durante su estancia, Dr. Dorian Harris, y darle las merecidas
gratitudes por todo lo que había hecho por ella.
Al llegar a su oficina, se
percató que al interior de ésta el Dr. Harris no estaba solo, sino que se
encontraba discutiendo con otro médico, quien por la voz se podía deducir que
era de mayor cargo que el profesional que la atendió. Luego de unos breves
minutos, el médico que estaba discutiendo con el Dr. Harris dejó la oficina de
manera irracional, mirándola despectivamente al pasar por su lado. Alexia no
entendía su reacción, y quedando sumamente perpleja, entró rápidamente a la
oficina de Dorian para preguntarle que sucedía con la actitud de aquel «señor»
–por no decir otra cosa– hacia ella.
–– No te preocupes. Quédate
tranquila que no pasa nada.
No podía creerse esa cara de «no
pasa nada, quédate tranquila», porque tranquila era la última palabra de su
vocabulario en ese momento. Con una sonrisa dibujada en su rostro, le hizo
saber que ya no estaba preocupada, aunque en su interior los inquietos
sentimientos que corrían por todo su ser no estaban conformes. Alexia se sentó
frente al escritorio de la oficina –a petición de Dorian– y le contó lo que
estaba sucediendo, que ya le habían dado de alta. Él estaba tan sorprendido de
la noticia que enseguida llamó a una de las enfermeras para que le informase al
respecto. Una vez que la enfermera llegó, el Dr. Harris le pidió que le
entregase los papeles que registraban el estado de su paciente, Alexia. Se
supone que antes de una salida, el doctor a cargo de cierto paciente le hace
una última revisión; sin embargo, Dorian no lo había hecho, y se cuestionaba a
sí mismo quien pudo haber dictaminado el alta.
–– Esto está en perfecto estado
–verificó sorprendido y le exhortó a la enfermera que le diera el nombre de
quién había firmado la salida.
–– El Director Schwartz. Dijo
que ya hacía mucho tiempo que la paciente era tratada bajo el alero del mismo
hospital y que debía independizarse para poder pagar la cuenta –contestó la
enferma, con voz temblorosa.
–– Creo que debo irme –comentó
Alexia mientras se levantaba del asiento.
–– Srta. McFly, usted no puede
irse todavía.
Dorian se veía decidido, tenía
firmeza en sus ojos y eso demostraba que no quería que la actitud poco ética de
su jefe perjudicara a su paciente. Antes de continuar, el Dr. Harris le pidió a
la enfermera que dejase su oficina, ya que quería conversar en privado con
Alexia, quien para todos era su paciente. Una vez que la enfermera regresó a su
rutina laboral, Dorian procedió a explicarle a Alexia McFLy la enredada
situación en la que estaba involucrada. Para todo el personal, ella era una
paciente privilegiada, que debía ser tratada con todo el cuidado posible. El
motivo era simple: el director se había interesado en ella. No de forma
romántica, sino laboral. Las consecuencias que Alexia había sufrido tras el
accidente eran tan extrañas que ni los forenses pudieron descifrar las causas
de estas.
El director Schwartz es
considerado por todo el personal del hospital como un sistemático y ambicioso
médico, que a pesar de su filosofía de vida –«El saber es Poder»– considera que
lo primero es y siempre será la medicina. Cuando Alexia llegó en aquel estado
al hospital, deplorable y agonizante, los médicos sólo pensaron en atenderla,
sin importar quién era o cómo iba a pagar las costosas cirugías. El médico que
en ese momento estaba de turno era Dorian, y era él quien iba a llevar a cabo
la operación, mas no esperaba que la joven a quien iba a operar fuese su novia
de la preparatoria, Evelyn Alexander. Al verla, se sorprendió lo suficiente
para pedirle a una compañera que cambiase lugar con él; sin embargo, su jefe le
exhortó que fuese él, su médico estrella, quien realizase la cirugía.
Con ansiedad y desconcierto,
Dorian no podía entender su propia actitud, se cuestionaba la razón de no
querer operar a su ex novia; fue ahí que recordó que no habían terminado en buenos
términos y tal vez era por los sentimientos encontrados que no quería tener
contacto con ella nuevamente. Después de la operación, el Dr. Schwartz le
informó a Dorian que la paciente sería trasladada a otro hospital donde
pudieran atenderla acorde a sus capacidades de pago. En ese momento, el Dr.
Harris pensó en lo avaro que era su jefe, así que le propuso:
–– Yo pagaré los gastos de la
paciente
–– ¿Cuál es el afán de que se
quede? ¿Y de dónde sacaras el dinero para financiar sus cirugías? –preguntó
Schwartz.
–– Podrían sacar un monto de mi
salario y dirigirlo al pago de su cuenta –respondió Harris sin demostrar alguna
intención detrás.
El director veía algo en los
ojos de Dorian, la misma expresión con la que estaba mirando a Alexia mientras
le explicaba la situación que la rodeaba, y aceptó la propuesta de quien
consideraba el mejor médico de su hospital. Pero antes de firmar el contrato,
le preguntó la razón de su actuar, por qué quería pagar los gastos de una mujer
que no conocía. A Dorian no le quedó otra que confesar la relación que tenía
con la paciente; y aun así, su jefe no lo reprochó. Pero la junta directiva del
hospital sí.
A pesar que Schwartz escuchó
atentamente a Dorian, le hizo saber que la persona a quien acababa de operar no
era precisamente quien creía, sino una chica llamada, según una identificación
de biblioteca, Alexia McFly. Dorian no tuvo el valor de decirle a Alexia,
mientras le explicaba cómo llegó a ese momento, que ellos pudieron haberse
conocido en el pasado; por esa razón cambió los hechos.
–– Sentí compasión. Como médico,
no podía dejarla en esas condiciones y dejar que se fuera a otro hospital.
Usted… ¿puedo tutearte? –preguntó Dorian.
–– Por supuesto, puede hacerlo
–permitió Alexia.
–– Tú estabas con una fractura
en la pierna, un esguince en ambos brazos, un corte en cara, y como si fuera
poco, tu cuerpo estaba quemado en un 20%. Definitivamente, no dejarte ir así.
Antes de continuar, Dorian
invitó a Alexia a tomar un café en el casino del hospital. El Dr. Harris quería
confirmar cuál era la verdadera identidad de la chica que había llegado muy mal
herida al hospital, si era quien él creía o quien su jefe le indicaba. No
obstante, no contaba con que su paciente estuviera en coma inducido por casi
cinco meses gracias a las constantes operaciones. El día que Alexia despertó,
el corazón de Dorian era el más feliz de todos, mas no esperaba que su paciente
a causa del accidente perdiera la memoria. Comenzó a cuestionarse que había
hecho mal, aunque por dentro sabía que podría ser una consecuencia de la
colisión. Si bien los médicos estudiaron las radiografías del cerebro de
Alexia, aún no podían confirmar cuál era la razón de la amnesia. No podían
diagnosticar que fuese una fuerte contusión en la cabeza, ya que se vería en
las radiografías y no era el caso. En ese momento, Schwartz pensó en la
posibilidad de estudiar el caso de Alexia más detenidamente y por su propia
cuenta. La paciente de Dorian había perdido gran parte de su memoria, era como
si aún fuese una adolescente. Su actitud lo demostraba por completo, pero aun
así no lograba recordar nada de esa época.
Todo estaba saliendo bien, hasta
que la junta directiva del hospital se enteró de lo que Schwartz estaba
ocultando de todos. Ningún doctor, aparte de Dorian, sabía que Alexia era atendida
con dinero del hospital. Lo que pasó después no quiso contárselo, Alexia ya lo
había deducido.
–– Entonces, ¿qué haré ahora? No
tengo un hogar ni nada por el estilo –replicó Alexia.
–– No creo que esté bien lo que
te diré, pero te puedes quedar en mi casa, hasta que te puedas mantener por ti sola –propuso Dorian.
Aquellas palabras se supone que
no las dice un doctor normal, ya que comúnmente sólo quieren que se vayan del
hospital y rehagan sus vidas. En los ojos de Alexia se veía la confusión y la
intriga de conocer las verdaderas intenciones de Dorian hacia ella. ¿Qué había
detrás de tanta insistencia de que no se alejara? En fin, el plan consistía en:
«Una vez que Alexia abandonara
la oficina del Dr. Harris, debía dirigirse al vestíbulo del hospital con toda
serenidad para no levantar sospecha alguna. Luego de dejar un registro de
salida para abandonar el hospital, debía continuar con toda calma hacia un
restaurant llamado «Riverpark». Ahí, Alexia se encontraría con una garzón alta
y delgada, de cabello anaranjado, de rasgos marcados y con una ligera cicatriz
sobre la ceja derecha, quien la atendería mientras Dorian hacía su aparición en
una hora más.»
En su rostro se demostraba con
toda claridad la sorpresa que se llevaba Alexia al escuchar ese plan, a su
consideración, pensado y estructurado. Se veía a sí misma y no sabía que
responder. En eso, una enfermera toca a la puerta y le pregunta al Dr. Harris
si ya tenía listo el informe para la junta médica. Instintivamente, Dorian miró
su reloj de pulsera para ver la hora y se fijó que estaba atrasado para la
junta, pero antes de marcharse le pidió a Alexia que siguiera el plan pasara lo
que pasara.
–– Gracias por ayudarme, doctor
–agradeció Alexia a Dorian antes de que éste se marchara– No sé cómo se lo
recompensaré.
Una vez en el vestíbulo del
hospital, Alexia se encaminó a recepción para preguntar dónde tenía que firmar su
salida, pero sin siquiera suponerlo, el lugar que le indicó la recepcionista
fue la oficina del director. La joven quedó sumamente sorprendida al saber que
debía dirigirse al lugar de trabajo del hombre que, prácticamente, la echó del
hospital. Caminó hacía la oficina, y antes de siquiera tocar la puerta, por
dentro alguien le dijo que pasara. Alexia nunca lo imaginó, pero el médico que
la miró con deprecio mientras pasaba por su lado hace tan sólo unos minutos era
el Dr. Schwartz.
De unos 50 años, alto y
atlético, canoso pero no en su totalidad, era la básica descripción que Alexia
se llevaba de él. Schwartz la invitó a sentarse en el sofá junto a la puerta de
la oficina para conversar sobre su salida. A Alexia le confundía la naturalidad
de las palabras del médico, la familiar forma de tratarla. El doctor le explicó
a la paciente cuales eran las indicaciones que debía seguir de ahí en adelante,
cómo debía pagar, donde iba a ser trasladada para que siguiera el tratamiento,
y cuáles eran las condiciones del hogar donde debía vivir. Luego de eso,
Schwartz firmó el certificado que notificaba la salida de Alexia, y se
despidieron.
–– ¿Por qué me internaron aquí?
–preguntó Alexia antes de abrir la puerta.
–– «Por qué», ¿pregunta?
–respondió Schwartz– Porque somos médicos y es nuestra responsabilidad mantener
vivo al paciente, a menos que hubiera querido morir.
Las palabras de aquel médico se
impregnaron en los oídos de Alexia, y con su réplica en la boca, no le quedó
más que tragarse las palabras y marcharse al lugar de encuentro con Dorian. En
el camino, Alexia sólo podía recordar el reproche que le dio Schwartz antes de
irse, e formulaba en su mente cómo lo hubiera rebatido. La envolvía la
impotencia. En el restaurant, se encontró con la chica que Dorian había
descrito y podía ver que no era más ni menos de lo que le había dicho. Era alta
y delgada, de cabello anaranjado, de rasgos marcados y con una ligera cicatriz
sobre la ceja derecha, tal como se la imaginaba.
Laurine, la garzón, la atendió
con suma gentileza, y le explicó a Alexia que en el pasado ella y Dorian fueron
compañeros de clases en la preparatoria. Lo que no esperaba Laurine, era que
frente a ella estaba la copia exacta de la ex novia de su antiguo compañero.
–– ¿Evelyn?

«El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar.»
Harold Pinter
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