diciembre 30, 2012

MEMORIA - Capítulo 03


Un Pasado Sin Nombre

(Narración: Autor)


Ya habían pasado varias semanas desde que el Dr. Harris fue a visitar a Alexia a su habitación de hospital y le regalara la cajita musical. Esa cajita la escuchaba todas las mañanas al despertar y todas las noches antes de dormir sin excepción desde aquel día. Hasta que una mañana lluviosa le dieron de alta.
El día anterior a la salida, una enfermera le informó a Alexia que debía dejar el hospital por órdenes del director, Dr. Tyrone Schwartz. El motivo que le dieron fue que ya no iban a seguir subsidiando sus gastos, que debía seguir por cuenta propia pagando en cuotas. Alexia no sabía que pensar, que hacer después de escuchar aquellas palabras. «¿Por qué estaban pagando mis gastos sin mi consentimiento?, ¿por qué no me enviaron, desde un principio, a un hospital público?», se preguntaba.  Al parecer nadie quería responder sus preguntas, sólo deshacerse de ella para seguir recibiendo dinero de quienes si pueden pagar un hospital privado.
A Alexia no le quedaba más que acatar las órdenes que estaba recibiendo del hospital donde estaba internada e irse lo más pronto posible para –según el director– no «seguir molestando». A pesar de ello, no se iría antes sin despedirse del joven médico que la atendió sin reproche durante su estancia, Dr. Dorian Harris, y darle las merecidas gratitudes por todo lo que había hecho por ella.
Al llegar a su oficina, se percató que al interior de ésta el Dr. Harris no estaba solo, sino que se encontraba discutiendo con otro médico, quien por la voz se podía deducir que era de mayor cargo que el profesional que la atendió. Luego de unos breves minutos, el médico que estaba discutiendo con el Dr. Harris dejó la oficina de manera irracional, mirándola despectivamente al pasar por su lado. Alexia no entendía su reacción, y quedando sumamente perpleja, entró rápidamente a la oficina de Dorian para preguntarle que sucedía con la actitud de aquel «señor» –por no decir otra cosa– hacia ella.

–– No te preocupes. Quédate tranquila que no pasa nada.


No podía creerse esa cara de «no pasa nada, quédate tranquila», porque tranquila era la última palabra de su vocabulario en ese momento. Con una sonrisa dibujada en su rostro, le hizo saber que ya no estaba preocupada, aunque en su interior los inquietos sentimientos que corrían por todo su ser no estaban conformes. Alexia se sentó frente al escritorio de la oficina –a petición de Dorian– y le contó lo que estaba sucediendo, que ya le habían dado de alta. Él estaba tan sorprendido de la noticia que enseguida llamó a una de las enfermeras para que le informase al respecto. Una vez que la enfermera llegó, el Dr. Harris le pidió que le entregase los papeles que registraban el estado de su paciente, Alexia. Se supone que antes de una salida, el doctor a cargo de cierto paciente le hace una última revisión; sin embargo, Dorian no lo había hecho, y se cuestionaba a sí mismo quien pudo haber dictaminado el alta.

–– Esto está en perfecto estado –verificó sorprendido y le exhortó a la enfermera que le diera el nombre de quién había firmado la salida.
–– El Director Schwartz. Dijo que ya hacía mucho tiempo que la paciente era tratada bajo el alero del mismo hospital y que debía independizarse para poder pagar la cuenta –contestó la enferma, con voz temblorosa.
–– Creo que debo irme –comentó Alexia mientras se levantaba del asiento.
–– Srta. McFly, usted no puede irse todavía.

Dorian se veía decidido, tenía firmeza en sus ojos y eso demostraba que no quería que la actitud poco ética de su jefe perjudicara a su paciente. Antes de continuar, el Dr. Harris le pidió a la enfermera que dejase su oficina, ya que quería conversar en privado con Alexia, quien para todos era su paciente. Una vez que la enfermera regresó a su rutina laboral, Dorian procedió a explicarle a Alexia McFLy la enredada situación en la que estaba involucrada. Para todo el personal, ella era una paciente privilegiada, que debía ser tratada con todo el cuidado posible. El motivo era simple: el director se había interesado en ella. No de forma romántica, sino laboral. Las consecuencias que Alexia había sufrido tras el accidente eran tan extrañas que ni los forenses pudieron descifrar las causas de estas.
El director Schwartz es considerado por todo el personal del hospital como un sistemático y ambicioso médico, que a pesar de su filosofía de vida –«El saber es Poder»– considera que lo primero es y siempre será la medicina. Cuando Alexia llegó en aquel estado al hospital, deplorable y agonizante, los médicos sólo pensaron en atenderla, sin importar quién era o cómo iba a pagar las costosas cirugías. El médico que en ese momento estaba de turno era Dorian, y era él quien iba a llevar a cabo la operación, mas no esperaba que la joven a quien iba a operar fuese su novia de la preparatoria, Evelyn Alexander. Al verla, se sorprendió lo suficiente para pedirle a una compañera que cambiase lugar con él; sin embargo, su jefe le exhortó que fuese él, su médico estrella, quien realizase la cirugía.
Con ansiedad y desconcierto, Dorian no podía entender su propia actitud, se cuestionaba la razón de no querer operar a su ex novia; fue ahí que recordó que no habían terminado en buenos términos y tal vez era por los sentimientos encontrados que no quería tener contacto con ella nuevamente. Después de la operación, el Dr. Schwartz le informó a Dorian que la paciente sería trasladada a otro hospital donde pudieran atenderla acorde a sus capacidades de pago. En ese momento, el Dr. Harris pensó en lo avaro que era su jefe, así que le propuso:

–– Yo pagaré los gastos de la paciente
–– ¿Cuál es el afán de que se quede? ¿Y de dónde sacaras el dinero para financiar sus cirugías? –preguntó Schwartz.
–– Podrían sacar un monto de mi salario y dirigirlo al pago de su cuenta –respondió Harris sin demostrar alguna intención detrás.

El director veía algo en los ojos de Dorian, la misma expresión con la que estaba mirando a Alexia mientras le explicaba la situación que la rodeaba, y aceptó la propuesta de quien consideraba el mejor médico de su hospital. Pero antes de firmar el contrato, le preguntó la razón de su actuar, por qué quería pagar los gastos de una mujer que no conocía. A Dorian no le quedó otra que confesar la relación que tenía con la paciente; y aun así, su jefe no lo reprochó. Pero la junta directiva del hospital sí.
A pesar que Schwartz escuchó atentamente a Dorian, le hizo saber que la persona a quien acababa de operar no era precisamente quien creía, sino una chica llamada, según una identificación de biblioteca, Alexia McFly. Dorian no tuvo el valor de decirle a Alexia, mientras le explicaba cómo llegó a ese momento, que ellos pudieron haberse conocido en el pasado; por esa razón cambió los hechos.

–– Sentí compasión. Como médico, no podía dejarla en esas condiciones y dejar que se fuera a otro hospital. Usted… ¿puedo tutearte? –preguntó Dorian.
–– Por supuesto, puede hacerlo –permitió Alexia.
–– Tú estabas con una fractura en la pierna, un esguince en ambos brazos, un corte en cara, y como si fuera poco, tu cuerpo estaba quemado en un 20%. Definitivamente, no dejarte ir así.

Antes de continuar, Dorian invitó a Alexia a tomar un café en el casino del hospital. El Dr. Harris quería confirmar cuál era la verdadera identidad de la chica que había llegado muy mal herida al hospital, si era quien él creía o quien su jefe le indicaba. No obstante, no contaba con que su paciente estuviera en coma inducido por casi cinco meses gracias a las constantes operaciones. El día que Alexia despertó, el corazón de Dorian era el más feliz de todos, mas no esperaba que su paciente a causa del accidente perdiera la memoria. Comenzó a cuestionarse que había hecho mal, aunque por dentro sabía que podría ser una consecuencia de la colisión. Si bien los médicos estudiaron las radiografías del cerebro de Alexia, aún no podían confirmar cuál era la razón de la amnesia. No podían diagnosticar que fuese una fuerte contusión en la cabeza, ya que se vería en las radiografías y no era el caso. En ese momento, Schwartz pensó en la posibilidad de estudiar el caso de Alexia más detenidamente y por su propia cuenta. La paciente de Dorian había perdido gran parte de su memoria, era como si aún fuese una adolescente. Su actitud lo demostraba por completo, pero aun así no lograba recordar nada de esa época.
Todo estaba saliendo bien, hasta que la junta directiva del hospital se enteró de lo que Schwartz estaba ocultando de todos. Ningún doctor, aparte de Dorian, sabía que Alexia era atendida con dinero del hospital. Lo que pasó después no quiso contárselo, Alexia ya lo había deducido.

–– Entonces, ¿qué haré ahora? No tengo un hogar ni nada por el estilo –replicó Alexia.
–– No creo que esté bien lo que te diré, pero te puedes quedar en mi casa, hasta que te puedas mantener por ti sola –propuso Dorian.

Aquellas palabras se supone que no las dice un doctor normal, ya que comúnmente sólo quieren que se vayan del hospital y rehagan sus vidas. En los ojos de Alexia se veía la confusión y la intriga de conocer las verdaderas intenciones de Dorian hacia ella. ¿Qué había detrás de tanta insistencia de que no se alejara? En fin, el plan consistía en:

«Una vez que Alexia abandonara la oficina del Dr. Harris, debía dirigirse al vestíbulo del hospital con toda serenidad para no levantar sospecha alguna. Luego de dejar un registro de salida para abandonar el hospital, debía continuar con toda calma hacia un restaurant llamado «Riverpark». Ahí, Alexia se encontraría con una garzón alta y delgada, de cabello anaranjado, de rasgos marcados y con una ligera cicatriz sobre la ceja derecha, quien la atendería mientras Dorian hacía su aparición en una hora más.»
En su rostro se demostraba con toda claridad la sorpresa que se llevaba Alexia al escuchar ese plan, a su consideración, pensado y estructurado. Se veía a sí misma y no sabía que responder. En eso, una enfermera toca a la puerta y le pregunta al Dr. Harris si ya tenía listo el informe para la junta médica. Instintivamente, Dorian miró su reloj de pulsera para ver la hora y se fijó que estaba atrasado para la junta, pero antes de marcharse le pidió a Alexia que siguiera el plan pasara lo que pasara.

–– Gracias por ayudarme, doctor –agradeció Alexia a Dorian antes de que éste se marchara– No sé cómo se lo recompensaré.

Una vez en el vestíbulo del hospital, Alexia se encaminó a recepción para preguntar dónde tenía que firmar su salida, pero sin siquiera suponerlo, el lugar que le indicó la recepcionista fue la oficina del director. La joven quedó sumamente sorprendida al saber que debía dirigirse al lugar de trabajo del hombre que, prácticamente, la echó del hospital. Caminó hacía la oficina, y antes de siquiera tocar la puerta, por dentro alguien le dijo que pasara. Alexia nunca lo imaginó, pero el médico que la miró con deprecio mientras pasaba por su lado hace tan sólo unos minutos era el Dr. Schwartz.
De unos 50 años, alto y atlético, canoso pero no en su totalidad, era la básica descripción que Alexia se llevaba de él. Schwartz la invitó a sentarse en el sofá junto a la puerta de la oficina para conversar sobre su salida. A Alexia le confundía la naturalidad de las palabras del médico, la familiar forma de tratarla. El doctor le explicó a la paciente cuales eran las indicaciones que debía seguir de ahí en adelante, cómo debía pagar, donde iba a ser trasladada para que siguiera el tratamiento, y cuáles eran las condiciones del hogar donde debía vivir. Luego de eso, Schwartz firmó el certificado que notificaba la salida de Alexia, y se despidieron.

–– ¿Por qué me internaron aquí? –preguntó Alexia antes de abrir la puerta.
–– «Por qué», ¿pregunta? –respondió Schwartz– Porque somos médicos y es nuestra responsabilidad mantener vivo al paciente, a menos que hubiera querido morir.


Las palabras de aquel médico se impregnaron en los oídos de Alexia, y con su réplica en la boca, no le quedó más que tragarse las palabras y marcharse al lugar de encuentro con Dorian. En el camino, Alexia sólo podía recordar el reproche que le dio Schwartz antes de irse, e formulaba en su mente cómo lo hubiera rebatido. La envolvía la impotencia. En el restaurant, se encontró con la chica que Dorian había descrito y podía ver que no era más ni menos de lo que le había dicho. Era alta y delgada, de cabello anaranjado, de rasgos marcados y con una ligera cicatriz sobre la ceja derecha, tal como se la imaginaba.
Laurine, la garzón, la atendió con suma gentileza, y le explicó a Alexia que en el pasado ella y Dorian fueron compañeros de clases en la preparatoria. Lo que no esperaba Laurine, era que frente a ella estaba la copia exacta de la ex novia de su antiguo compañero.

–– ¿Evelyn?





«El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar.»


Harold Pinter


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